Crítica al capitalismo

La teoría del decrecimiento se basa, en gran medida, en una crítica feroz al capitalismo recalcitrante del que somos víctimas (o aliados). Para decrecer hay que cambiar el modelo productivo, el modelo de consumo y el modelo energético, es decir, hay que acabar con el actual sistema económico, todo ello con el fin de reducir drásticamente el impacto medioambiental inherente al sistema capitalista, con la inequidad también inherente al mismo.


La visión actual nos publicita que el crecimiento es igual a progreso, que el crecimiento económico permite la creación de riqueza (más empleo, más consumo, más Estado del bienestar, más calidad de vida, mejor educación, etc). Es decir, se supone que el crecimiento económico conlleva una multiplicidad de recursos que no tendríamos de otro modo. Por tanto, el decrecimiento supondría desde su punto de vista un destructor de esa riqueza. Sin embargo, ¿esta visión de las cosas se parece a la realidad?


 En palabras del filósofo y periodista André Gorz: “Mientras razonemos en los límites de esta civilización no-igualitaria, el crecimiento aparecerá a la gente como la promesa -sin embargo completamente ilusoria- que un día dejarán de ser “sub-privilegiados”, y el no-crecimiento como su condena a la mediocridad sin esperanza. Además, no es tanto al crecimiento hacia donde se tienen que dirigir las críticas, sino a la dinámica de necesidades crecientes y siempre frustradas sobre la que se apoya, a la competición que organiza incitando a las personas a querer situarse, cada una, por encima de los demás. El lema de esta sociedad podría ser: “lo que es bueno para todos no vale nada. No serás respetable mientras no tengas "mejor" que los demás. Sin embargo, es lo contrario lo que hay que afirmar para romper la ideología del crecimiento: solo es digno de tí lo que es bueno para todos. Solo merece ser producido lo que no da privilegios ni rebaja a nadie. Podemos ser felices con menos opulencia, pues en una sociedad sin privilegios, no hay pobres”.


  Por partes. Nos encontramos en la cúspide cronológica e histórica del capitalismo neoliberal, es decir, el capitalismo llevado a sus últimas consecuencias. Y, desde hace unos años, la llamada sociedad occidental, precisamente la que ha venido llevando a cabo las políticas económicas antisociales tan íntimamente relacionadas con ese neoliberalismo, está inmersa en una de las mayores crisis económicas desde el crack del 29. Prácticamente todas las premisas que el capitalismo defiende como causas propias se están desmoronando como un castillo de naipes ante nuestros ojos. Veamos algunas consecuencias: más paro (en España se llega a los cinco millones de parados), menor estado del bienestar, empeoramiento ostensible de la educación (la Comunidad de Madrid es un ejemplo claro de esto, siendo la comunidad autónoma con menor gasto en educación pública cuando es una de las comunidades más pobladas del país), empeoramiento de la sanidad (la Comunidad de Madrid también aboga por la privatización de un gran porcentaje de la sanidad). Todo ello redunda en un ostensible empeoramiento de la calidad de vida.


Ante esta situación de crisis económica severa, ¿qué han hecho los estados afectados para combatirla? Todos lo sabemos: recortes sociales. La solución dada por los estados a esta crisis es recortar derechos a sus ciudadanos. Simplificando, el capitalismo ha llevado a la gente a perder derechos y libertades. En palabras de Viçenc Navarro, en el contexto de nuestro país, "Estos recortes están afectando de una manera muy marcada a la calidad y cobertura de tales servicios [sanidad, educación, servicios domiciliarios a las personas con dependencias, escuelas de infancia, servicios sociales y otros] empeorando la situación existente, que ya era insuficiente antes de que se iniciara la crisis. España en 2008 estaba a la cola de la Unión Europea de los 15 (UE-15, el grupo de países de semejante desarrollo a España) en gasto público social. Nos gastábamos en el Estado del bienestar sólo el 19% del PIB (el más bajo de la UE-15, cuyo promedio era del 24%, mientras que el de Suecia era del 28%). Una consecuencia de ello es que sólo el 9% de la población adulta trabajaba en los servicios públicos del Estado del bienestar (el promedio de la UE-15 era del 15%, y en Suecia, del 24%). Los recortes que están ocurriendo ahora están disminuyendo todavía más tal empleo."


Estos recortes sociales son justificados por políticos y algunos economistas como una condición sine qua non para salir de esta oscura crisis y volver a una nueva época de bonanza económica como la que pasó España hace pocos años (con la especulación urbanística como base de la misma, no lo olvidemos). Aquí es donde entra ese concepto económico que nos quiere convencer de que la economía es cíclica y de que períodos de bonanza financiera y de crisis se van sucediendo irremediablemente. “Estos recortes posibilitarán una nueva época de bonanza”, parecen decirnos políticos como Merkel o Zapatero. Sin embargo, ¿Es esta teoría cierta? ¿Tras esta crisis va a llegar un nuevo amanecer económico en el cual volveremos a ser felices ciudadanos, monetariamente hablando? Cada vez son más las voces que lo niegan. El profesor de la UAM Carlos Taibo es una de ellas: “El sistema está tan corroído por dentro, que una nueva época de bonanza económica sólo será una ilusión óptica”, dice Taibo. Y no sólo eso. La actual crisis ha servido de cortina de humo para que infinidad de empresarios despidan de manera ilícita a mano de obra que ya no precisa. “Gracias” a la crisis esto no parece tan éticamente reprobable como antes. Éste es sólo un ejemplo. La crisis nos ha deshumanizado, nos ha hecho peores personas. Es lo que ha conseguido el capitalismo.

 

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