La base de todas las demás

Los índices macroeconómicos actuales no reflejan las distintas realidades del mundo: encontramos a los Estados Unidos en el top de las listas de los países con mayores índices de desarrollo humano (IDH) -aunque si todos los países tuviéramos el mismo, se necesitarían cinco planetas-, mientras que su coeficiente de Gini –medidor de la desigualdad en la distribución de renta- delata las abismales diferencias de calidad de vida entre sus habitantes.

 

Si hubiera que elegir una sola palabra para describir la economía actual, ésta sería sin duda "contradicción". Nuestros sistemas –al menos los visibles, los que elaboran estos mismos índices y listas- son profunda y aberrantemente contradictorios. Los flujos de capitales, materias primas, personas mismas, son del todo irracionales. Y en torno a esta premisa se basa todo lo demás. Naciones productoras de mandioca exportan mandioca mientras se mueren de hambre –para pagar la deuda contraída con el Norte tras la independencia post-colonial-, mientras a duras penas consiguen importar productos de necesidad básica por los altos precios de los aranceles. Se crean y conceden subsidios a las exportaciones agrarias a las naciones que tienen más medios y se suben los aranceles de importación a las que están en el umbral de la pobreza o son, incluso, infrapobres.

 

Este documental, Desiertos destructores de civilización: El insostenible modelo económico español, muestra cómo el modelo económico de nuestro país afecta a todos los niveles, por estar radicalmente interrelacionados.  

Los opulentos del mundo no paran de inventar conceptos y materializarlos en forma de misteriosas y desconocidas herramientas para el ciudadano común: así, el uso que se está haciendo de las Inversiones Extranjeras Directas (IED)  permite a veces el control político sobre sociedades con gran desigualdad social, a través de beneficiosas concesiones para la creación de empresas en otros países; los hedge funds -unos incomprensibles fondos de cobertura- tranquilizan a los inversores de posibles desavenencias en el mercado financiero; o las ya famosas hipotecas subprime, a las que se les ha culpado de la crisis en dominó desde los bancos norteamericanos hasta España, han ido pasando por medio planeta -y sus correspondientes paraísos fiscales-.

 

Considera Latouche que los fundamentos de la sociedad del crecimiento son la publicidad, la obsolescencia programada (es decir, la caducidad programada de los productos de consumo) y el crédito. Es decir, nuestras sociedades se basan, de desarrollan, en torno a tres premisas todas ellas económicas. Parece una obviedad, pero el alcance de esta aserveración es inmensurable, porque supone que nuestros consecuentes sistemas de valores, de leyes y de organización política y ciudadana se asientan sobre algo material, que se ha establecido por convención pero que realmente no existe: el capital. Y, cuanto más "sofisticadas" son estas sociedades, más aumentan los mecanismos a través de los que es posible especular –no es casual su relación etimológica con "espejo", de ahí su carácter ilusorio- y, por tanto, más se alejan de su verdadero carácter definitorio de seres humanos. 

 

El decrecimiento arremete contra la deslocalización, contra las externalizaciones y las transacciones sin control, porque son formas de "desconectar" a los individuos de su trabajo, de su vida social, de su realidad como personas. Las redes son cada vez más complejas y es habitual que uno no sepa ni para quién trabaja y, entre tanto accionista, participaciones o joint ventures (uniones temporales de empresas), vea mermada su capacidad de reacción, reivindicación y asociación. Es, en efecto, este complejo sistema interconectado, a la vez que fácilmente desregulado por y para los que tienen el poder, el que hace que el nivel de contestación social sea reducido, cuando no reprimido.

 

Hay que tener en cuenta que el sistema económico incluye, no sólo  elementos puramente económicos sino que, además, ejercen otras funciones; recordando los puntos de Latouche, un sistema de propaganda y mantenimiento eficaz -la publicidad-; un sistema que crea y legitima un imaginario social determinado -la obsolescencia programada- y, por último, otro que fomenta el uso y abuso del capital en sí a través de conceptos como el préstamo y la deuda -el crédito-. La economía, tal y como está entendida en el neoliberalismo, se revela como la matriz que regula y de la que dependen todas las demás estructuras sociales.

contador de visitas